lunes, 19 de enero de 2009

La partida

¡Saludos Oradores!

Tras mi estancia en las tierras del este, me hallé de vuelta en mi acogedora Durotar. Esta vez el viaje no tuvo sobresaltos y tuve tiempo para reflexionar sobre lo mucho que había avanzado el transporte en los últimos años y de lo pequeño que se había tornado nuestro mundo. Ciertamente, un servidor orco se sentía profundamente orgulloso de haber colaborado en esa empresa, pero había llegado la hora de tomar un nuevo rumbo.

Así pues, acudí a Orgrimmar en busca de algún rumor o noticia de lugares lejanos que requirieses unas manos verdes para ayudar. En la taberna de Orgrimmar, varios trolls comentaban con preocupación que el tránsito terrestre hasta Trinquete o Mulgore se había convertido en harto peligroso. Al parecer, el principal asentamiento de la Horda en la zona, El Cruce, se hallaba constantemente asediado por centauros y vándalos de la Alianza cuya única diversión era la de ver correr el rojo en la tierra. Consideré que esta se presentaba como una extraordinaria oportunidad no ya de seguir colaborando a la causa de Thrall, sino para comenzar a pulir mis romas aptitudes para la lucha. De esta manera, me hice acopio de víveres y pertrechos varios y compré con mis ahorros una maza y un escudo que, aunque rudimentarios, consideraba suficientes para comenzar mi aventura, que en ese mismo momento daba comienzo rumbo a El Cruce.

Como medida para proteger a la población civil que no fuera capaz de valerse por sí misma en un mundo tan hostil, el Jefe de Guerra había dispuesto que no se permitía viajar con dracoleones a aquellos que no obtuvieran su pase a la zona previamente, como prueba de que eran capaces de sobrevivir en ese entorno. Por tanto, no me quedó más remedio que comenzar mi camino a pie. No quería correr muchos riegos, de modo que decidí seguir el sendero custodiados por los guerreros de Orgrimmar en lugar de adentrarme incautamente por las llanuras de Durotar.

Tras un par de días de camino, alcancé el río que separaba las tierras de Thrall y las de Los Baldíos, lo que implicaba que me hayaba esperanzadoramente cerca de mi destino. Acostumbrado a la yerma Durotar, quedé impresionado con la vitalidad que reezumaba la savana que se presentaba ante mí. Si bien la tierra no reflejaba el verdor deseable de un verjel, su rojo arcilloso hacía intuir que se trataba de un suelo tremendamente rico y que tan sólo las constantes luchas y el clima adverso impedían que una jungla se abriera camino. La fauna era ciertamente fascinante. El ciclo de la vida se veía constantemente en cada uno de los animales: en las gacelas que recorrían velozmente la savana huyendo de sus predadores leonas, en las girafas que buscaban las verdes hojas de las copas, o en las hienas que purificaban lo que otros paladares despreciaban. Por momentos sentía toda esa vitalidad en mi interior como si la tierra me susurrara y me contara sus vivencias.

Con este regalo para mis sentidos, decidí acampar pasado el río aprovechando la seguridad que el próximo puesto de observación de la horda me propiciaba. Al día siguiente proseguí sin demora mi marcha y aunque el día se prometía tranquilo, no estuvo más lejos de esta realidad. Al mediodía, cuando el Sol ajusticiaba a los débiles, me hallaba pasando cerca de un asentamiento de los hombres-cerdo. Ya me las había visto alguna vez con estas asquerosas criaturas, dado que en alguna ocasión se habían propuesto saquear el lugar en el que estábamos construyendo el zeppelín de Orgrimmar. Pero en esta ocasión estaba solo y su número era mayor.

Un par de ellos salieron a cortarme el paso mientras obeservé que un cazador me rodeaba con su mascota hiena. El primero de ellos comenzó a invocar unas artes druídicas que hicieron brotar de la tierra unas raices que pronto atraparon mis pies. Atónito ante ese ataque tuve que pensar en una escapatoria con presteza, antes de que se abalanzara hacia mí el cazador que acechaba mi sombra y acabara siendo el banquete de los hombres-cerdo. Con mi maza destroce aquellas extrañas raices y comencé a correr hacia una montaña del norte. La mascota del cazador no vaciló en seguirme, pero eso era justamente lo que pretendía. Con todas las fuerzas que podía reunir me acerqué hasta unos matorrales. Justo al llegar me asaltó una leona que rugía con furia ante mi intromisión en su territorio. Al mismo tiempo, ya podía sentir el aliento de la hiena de los hombres-cerdo en mi cuello. Con toda la sangre fría que pude reunir esperé hasta el momento justo y lancé una carga de dinamita que aturdió a los dos animales durante unos segundos preciosos, que aproveché para esconderme en los matorrales.

Tras esos segundos de desconcierto, la leona y la hiena se hallaban frente a frente y fue entre ellas la batalla que amenazaba mi vida. Mientras aquellos animales luchaban por su supervivencia, me apresuré a escalar la montaña, antes de que los hombres-cerdo se percataran de esta treta. Por fortuna, consideraron que mi vida no valía lo suficiente como para adentrarse en territorio de leones y decidieron volver a su asentamiento. Por mi parte, continué escalando aquella montaña hasta que consideré que me hayaba en un lugar seguro en el que descansar y planificar mi continuación del viaje.
De madrugada y bajo el amparo de las estrellas, reanudé mi marcha esperando que la oscuridad me ocultara de los hombres-cerdo. Afortunamente, el plan funcionó y casi al alba alcancé El Cruce en donde, antes de comenzar a ayudar a los locales, decicdí darme un día de descanso para reponerme del arduo viaje.

(continuará...)

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