domingo, 25 de enero de 2009

La sombra de la Corrupción

¡Saludos Oradores!

Me recompuse como pude de lo poco que quedaba sin fracturar de mí tras la batalla y acudí a la petición de Bancuro. Nada más llegar yo también me percaté de que algo extraño pasaba con aquella sangre, aunque no era capaz de sospechar hasta qué punto iba a tornarse en mi quebradero de cabeza ese hallazgo.

- ¿Cómo te llamas, orco? -me preguntó con tono enérgico Bancuro-.
- Senkyoshi, señor -respondí rápidamente-. He venido desde Orgrimmar para echar una mano a la Horda en su lucha contra los hombres caballo.
- ¡Ja, ja! -soltó el tauren una sonora carcajada al cielo-. Por tus pintas cualquiera diría que eres un guerrero.
- Quizá mi preparación no sea la adecuada, pero mi determinación es firme, señor -respondí con cierto resquemor por lo que era la constatación de una verdad a gritos.
- En cualquier caso, Senkyoshi, esto no es de lo que te quería hablar -de repente su mirada volvió a recobrar la inquietud de hacía unos instantes-. Fíjate bien en la sangre, ¿lo ves?
- Puedo apreciar que posee un cierto resplandor y que su temperatura es alarmantemente elevada, señor -proseguí con las observaciones-. Además, siendo una muerte tan reciente, es de suponer que la sangre circulaba por el cuerpo del centauro en estas condiciones, lo que aún lo convierte en un hecho más insólito si cabe.
- Veo que eres observador, pequeño orco -me dijo a la vez que esgrimia una breve mueca amable-. Pero si te pregunto justo a ti, no es porque crea que tengas buenos conocimientos en anatomía. Fíjate nuevamente y dime si te suena de algo esta escena.

Bancuro me dió una palmada en la espalda para acercarme más a la herida abierta del centauro. Lo cierto es que palmada podría definirse como un eufemismo ya que no mesuró bien su fuerza y su golpe estuvo a punto de terminar de quebrar mis doloridos huesos. En cualquier caso, me situó a poco más de un palmo de la sangre y fue entonces cuando caí en la cuenta de lo que realmente estaba ante mis ojos. El estupor de presenciar aquello dilató terriblemente mis pupilas y comencé a sudar en frío mientras me apresuré a retoceder de aquella perturbadora imagen. La extraña luminiscencia y la temperatura elevada no eran sino signos evidentes de que aquellos centauros habían sufrido la maldición de la sangre.

No podía creerlo. Tras lo mucho que la Horda y, en especial, los orcos habíamos luchado por liberarnos de esta maldición, ésta se cernía de nuevo sobre nosotros. El sacrificio de Grom para derrotar a Mannoroth había quedado en vano pues la corrupción seguía asolando aquellas tierras que habíamos podido llamar hogar. Ahora me explicaba todos aquellos relatos sobre la repentina actitud colérica de los centauros, la mano de la Legión Ardiente estaba detrás.

- Es la corrupción de la sangre -grité alarmado a Bancuro-. Los demonios han regresado para reclamarnos como esclavos. Debemos huir y avisar a Thrall cuanto antes.
- ¡Cálmate! -me imperó Bancuro mientras me sacudió un golpe en la cabeza-. Sea lo que sea sólo ha afectado a un grupo aislado de centauros. Lo primero será asegurar la zona y tomar muestras de la sangre de estos centauros y de las aguas de la charca. Después con más calma planificaremos nuestros pasos. Este es un asunto delicado Senkyoshi, -pasó a un tono más condescendiente-, lo primero es no causar alarma y no precipitarse.
- De acuerdo, señor.

Mientras Bancuro comenzó a dar órdenes a sus hombres, me dirigí a la retaguardia para buscar un poco de apoyo médico que me atendiera mis heridas. Fue en esos escasos instantes en los que me hallaba solo que un centauro moribundo creyó que la mejor manera de dejar este mundo era con mi compañía. El centauro no lo dudó y con las escasas fuerzas que le quedaban se abalanzó violentamente sobre mí esperando derribarme de un sólo golpe. Cada vez veía más cerca al centauro y, cada segundo que pasaba, mi cuerpo me daba una nueva negativa a reaccionar. El miedo me paralizaba los músculos y me bloqueaba la mente, simplemente era espectador de lo inevitable.

De pronto, comencé a sentir algo. La atmósfera se tornó negra y el centauro era la único que veía, pero paso a moverse más y más lentamente. Empecé a notar un cosquilleo que brotaba de la tierra y acariciaba mis pies. El cosquilleo se fue transformando en una fuerza incontrolable que se empezaba a acumular en mis manos, mientras creí oir a cielo y tierra hablarme. La energía de mis manos comenzó a quemar mi piel y a deslumbrar a mis pupilas, de modo que extendí mis brazos con violencia con la esperanza de lograr deshacerme de aquel repentino poder que se había adueñado de mí. Al hacer esto un potente relámpago salió en dirección al centauro que cayó fulminado ante el poder de la naturaleza. Todo el mundo quedó atónito ante lo ocurrido. Bancuro, que había acudido raudo a prestarme ayuda, sonrió y dijo: "¡Al final sí que va a parecer que sabes hacer algo y todo, ja, ja, ja!".


De vuelta a El Cruce, y sin explicarme aún muy bien yo mismo lo que había pasado, quise quitarme un poco de tensión charlando con los tauren que acompañaban a Bancuro. Me contaron que era un guerrero muy apreciado en las praderas de Mulgore y que ostentaba el rango de Campeón de la Horda, título que había ganado por sus largos años de servicio a las órdenes del Jefe de Guerra. Ciertamente no me extrañó lo más mínimo escuchar aquello depués de haberle visto en el campo de batalla y en cierto modo sentí orgullo por haber compartido una pelea con él.

Al llegar a El Cruce la mayor parte de los luchadores se dirigieron como una jauría de perros a la taberna sin saber, incautos de ellos, que Oniris daría buena cuenta del primero que se le fuera mínimamente la pinza. Bancuro y yo acudimos al alquimista local con el objetivo de obtener alguna respuesta sobre aquellas muestras que habíamos recogido. Tras unos minutos de espera, el alquimista regresó con los resultados.

- Bueno -comenzó a hablar el alquimista-, en efecto esto que me traéis es sangre de centauro contaminada con sangre de demonios.
- Así que es cierto que la Legión Ardiente está aquí -dije con cierta alarma-.
- No lo creo, esto...
- Senkyoshi -respondí ante la duda del alquimista-.
- Un poderoso chamán -afirmó Bancuro entre risas-.
- ¿Chamán? Yo me dedico a la ingeniería señor -me apresuré a corregir desconcertado-.
- No me digas que no sabes ni los poderes que utilizas, jo jo jo -sentenció Bancuro mientras pareciá que se le enganchaba la risa o más bien, su burla-.
- Caballeros, por favor -dijo el alquimista cortanto nuestra inoportuna divagación-, el tema que nos ocupa es serio. Como decía, no creo que esto sea obra de demonios. Una criatura tan... digamos inferior como los centauros moriría sin remedio ante el contacto directo de la sangre de demonios, así que se han contagiado a través de otra fuente.
- La charca, ¿quizás? -apuntó Bancuro-.
- He ahí la buena noticia, el agua de la charca es tan pura y sana que deberíamos pensar en embotellarla para vendérsela a los pijos de Quel'thalas, je, je -afirmó con tono socarrón el alquimista.
- Así pues, ¿de dónde procede esta corrupción? -pregunté con gran intriga-.
- Me temo que ese es el gran misterio -dijo con cierto pesar-, mis conocimientos sobre demonios y mis herramientas no me permiten indagar más a fondo en este asunto. Lamento que no podré seros de gran ayuda de aquí en adelante.
- No te apures, alquimista -comentó amablemente Bancuro-, tu ayuda aquí ya ha sido más que inestimable.

Tras esta reveladora a la par que desconcertante charla, Bancuro y yo nos dirigimos a la taberna, ya bien entrada la noche, para ver si un par de pintas nos refrescaban las ideas. Al llegar a la taberna se oía un barullo que no por esperado dejó de hacerme gracia. Al parecer, algún tauren que le había dado en exceso a las jarras de vino había comenzado a montar bronca, lo que provocó la ira de Oniris que conjuró una de sus palabras de las sombras sobre el pobre tauren que no paraba de darse de golpes con la mesa pidiendo a gritos que cesara la tortura. Visto que no parecía estar de muy buen humor, no quise importunar mucho a Oniris, aunque como de costumbre me había reservado una sonrisa y también había reservado unos cuantos (miles) de piropos para Bancuro.

Ya sentados en la mesa, Bancuro comenzó a sopesar las posibilidades que se abrían ante nosotros, no sin antes explicarme por qué me había dejado implicar en esta aventura.

- Lamento haberte metido en este turbio asunto Senkyoshi, pero los tauren nunca hemos padecido la corrupción de los demonios y, conocedor de que tu raza ha tenido sus más y sus menos con la Legión, creí oportuno usar tus experiencias para indagar en el tema.
- No se preocupe, señor -comenté a Bancuro-, para mí es un gran orgullo poder ser de utilidad para mi gente y la Horda.
- Por favor, no me llames señor que me hace parecer mayor.
- De acuerdo esto... ¿Campeón? -le dije con ciertos reparos-.
- ¡Ja, ja, ja, no tienes remedio! -afirmó mientras reía-. En fin, ¿qué sugieres para avanzar en este asunto?
- Había pensado, si lo considera una buena opción, que podríamos consultar a un poderoso brujo de Entrañas llamado Keldar sobre la procendencia de la contaminación -argumenté con convicción-. Es un experto en las artes demoníacas y quizá pueda decirnos qué clase de demonio o incluso qué demonio en concreto es el artífice de esta plaga.
- Pues que así sea -dijo Bancuro-, me parece una buena idea. Te dejo vía libre para que contactes con el brujo, a ver si él puede traer algo de verdad al asunto.

Tras esto, la conversación continuó algunos pocos minutos más tratando temas intrascentes. Al poco rato, Bancuro se retiró a sus aposentos alegando haber sido un día bastante duro y que necesitaba reposo. Estaba yo en ademán de seguirle los pasos, pero creí conveniente escribir la carta a Keldar comentándole los pormenores del asunto y requiriendo su pronta presencia en Los Baldíos para poder ayudarnos, de manera que le llegara la carta lo antes posible. Tras escribir el correo, yo también me fui a descansar de lo que había sido un día muy largo.


(continuará...)

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